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Un libro respeta nuestra atención, nos mantiene desconectados de las urgencias, las notificaciones y la publicidad. No tiene baterías que recargar, es resistente y puede ser muy bello. No sufre la obsolescencia programada, pues su vida útil alcanza siglos y siglos. Suena, huele, lo puedes acariciar. El papel convive armoniosa y pacíficamente con sus hermanas de luz, pantallas, pero posee un aura que los apasionados de la literatura amamos y reconocemos.

Irene Vallejo, «Manifiesto por la lectura»

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